Nosotros vemos el aroma de tu cuerpo en ámbar

Nosotros vemos el aroma de tu cuerpo en ámbar

y tu piel la recordamos con cierto tono durazno

Los pensamientos tienen color amarillo

(en realidad son transparentes con filamentos dorados

como si fueran un campo eléctrico agitado)

El amor está coloreado de blanco

la pasión de rojo

la amistad de verde

La alegría sí es azul

los besos son violetas

los abrazos color de rosa

El llanto es gris

las palabras negras

los latidos morados

Los recuerdos aparecen en café y marrón

las nostalgias guindas

las esperas, cuando son placenteras: azules

cuando son de enojo: anaranjadas

Tienes razón con la teoría de los colores:

el mundo se ve más colorido

cuando lo piensas de esta manera

—es música pintada—

Te recuerdo, con un vestido azul

debajo del cielo

como mujer con sombrero

dentro de una portada

Y caminas, y todo se ilumina

con un rayo que te envuelve

en un abanico de azules oceánicos

Mientras yo transcribo:

«Las visiones nocturnas

de un chico en la bahía»

Y el azul del cielo me cobija

y el azul de tus párpados

me penetra, porque la inteligencia

también tiene tonos azules

como tu alegría y el francés que pronuncias

Minificciones

El primer clon

…Y nació el primer clon

y sus primeras palabras fueron:

—Meee, meeeee

Asesinato académico

¿Autor intelectual?

¿No les parece mucha exageración?

Las dos sopas

¡Aquí nomás hay de dos sopas!:

Yo reconozco que puedo estar equivocado.

Si tú reconoces que no tienes la razón.

Apenas me puedo imaginar

Apenas me puedo imaginar

que entre dos seres que se aman

no medien al menos unas palabras

Me es difícil imaginar

que los seres humanos borren

de sus recuerdos

los instantes más hermosos

¿O la felicidad les da miedo?

No sé, pero lo cierto

es que yo no puedo dejar

de imaginarte a mi lado

Al paso del viento

en la esencia de los detalles

en la intimidad que no es otra cosa

que la forma individual de vivir

Tú que eres lumbre y cántaro alegre

humo y vino

risas y lectura

Eres al menos la concatenación

de dos silbidos serranos

anunciando una permanente sonrisa

que llevo puesta por recordarte

porque entre tú y tu cuerpo

me tienen atrapado

como un pájaro

en una jaula tibia, suprema

agitada de día y revuelta de noche

tú, que eres viento fresco

tú, que me tendiste un abrazo

tú que te llamas así:

sencillamente como si en tu nombre

cupiera todo el universo

y las mareas

Y el resto de los seres

fueran el sol que alumbra tu rostro

Te retengo eclipsada

como un luna gigantesca y autónoma

como una flor en el desierto

como una tuna roja, profunda

dulce y miel, arena y mar

casi eres silencio, casi totalidad, casi un pensamiento

Esta mañana vi una fuga de pájaros

Esta mañana vi una fuga de pájaros

(eran mis problemas que escapaban volando)

me dejaron solo

huyeron como si mi cuerpo les fuera una cárcel

Me alegró esa fuga

—los reos comenzaban a incomodarme—

rápidamente me metí a las celdas vacías

puse en su lugar flores

que ahora florecen

en cada pensamiento

y en cada respiro que hago

Los pájaros se han marchado

hacia la nada

—espero que no vuelvan—

con sus pesados pasos

La prisión vuelve a ser lo de antes:

un cobertizo donde resguardarme

del sol quemante

de la lluvia ácida

del agua contaminada

del hollín

de las bocinas estúpidas de los automovilistas

El éxodo matutino de los pájaros

me dejó a mí solo con mi sombra

nosotros volaremos distinto

cada uno por su lado

en un canto preciso

Las mañanas ya no tendrán ese cuchicheo nefasto

ni tendremos que servir tantos platos

ni lavaremos las suciedades que dejaban

Pintaremos las paredes exageradamente

y luego pondremos pinturas famosas, exquisitas

Colocaré una ventana y una campana nuevas

voy a sonreír todo el tiempo

y a tocar la campana de alegría

Hoy hubo una fuga masiva de problemas

y curiosamente me han liberado a mí

que no soy más que la quinta parte de ellos

por eso sonrío, porque soy libre

y tengo una ventana nueva y sueno mi campana

Una respuesta para Mario

Mauro supo de dos cosas que no iban a cambiar en su vida: el gusto por las mujeres, y que no podría cumplirles; aunque el gusto fuera muy particular y ese incumplimiento un capricho involuntario. La última que vino a vivir con él se llamaba Laura. Lo dejó porque ya no aguantó tanta espera: desde la tarde hasta quién sabe qué otro día, cuando se ausentaba, para ir a visitar a una tal Susana, muy mentada entre los obreros por desnudarse en su propia casa a veinte pesos la entrada. (También se decía que por 500 uno podía hacer lo que fuera.)

Mauro era un hombre común, quizá por ello pasaban desapercibidos todos sus desencantos. Sólo hasta que se le trataba salían los matices de su carácter, que él jamás disimulaba. “Soy un hombre sincero”, solía fanfarronear cuando hablaba.

Laura se cansó en tratar de exprimirle caricias como jugo a un limón seco. La venció el sinsentido de sus afectos y el poco eco que a sus caricias hacía Mauro. La frescura con la que llegó a esa casa gris se le fue marchitando. Terminó como terminan las lechugas y el cilantro abandonados en el refrigerador: oxidada y falsamente arrugada. A los pocos meses de su llegada se dio cuenta de que ahí no cabía el futuro, de que no se pensaba en futuro y que el presente irremediablemente eran marchas olvidadas al pasado.

Hacer el amor no era el problema, sino la manera de darse. Ella se entregaba plena y él lleno, harto, siempre con olores ajenos. Con una tranquila y orgullosa erección que esperaba, mientras Laura (o cualquier otra) se meneaba hasta que el sudor exigido le escurriera por las mejillas e iba a caer sobre su pecho. Sólo entonces Mauro parecía interesarse, apenas así lograban conmoverlo. Porque si había una forma de disfrute para Mauro era verlas arriba, sudando desesperadas y contemplar sus caderas resorteando hasta que él lograba ver que unas gotas de sudor cayeran hasta su pecho. Nunca se preocupaba por saber si estas gotas eran lágrimas o sudor. De cualquier manera él consideraba terminado el «asunto». Laura no siempre logró determinar si Mauro gozaba. Él entraba y salía silencioso. Un silencio que le contagió y poco a poco fue acallando sus gemidos.

Laura acotó los momentos felices, se tatuó con recuerdos que se llevaría lejos. También anotaba en una libreta (de las que nunca llevó a la escuela) sus pensamientos amables de cuando un día Mauro le regaló flores y otro dulces. Escribiendo páginas y páginas con variaciones sobre esos dos temas: flores y dulces.

Cuando se marchó llevaba pocas cosas. Todos los muebles ya estaban a su llegada. Se fue con menos ropa de la que ingresó. Una ligera mochila de campaña constituyó su equipaje, como si siempre hubiera sabido que estaría de paso. La piel cargaba algunos recuerdos agradables; las posibilidades de lo que hubiera podido ser era lo que más hondo calaba. En la libreta llevaba su propio negocio: «Flores y Dulces Laura».

El tocador representaba para Mauro un periscopio. Terminó de tirar lo que había quedado y al día siguiente se presentó en la casa con Susana y ésta con las entradas de a veinte. Comenzó por abrir a los que se enteraron de su nuevo domicilio y tocaban a su puerta. Eran hombres que venían a verla, el júbilo pendenciero de esta gente les hacia extender despreocupadamente un billete a quien abriera. Mauro franqueaba la entrada, sedentario y silencioso los tomaba, luego se iba a un rincón y se sentaba a mirar el baile de Susana.

Después puso al menso de la colonia de portero, que terminó de cobrador cuando Mauro comenzó con sus ausencias. Al volver observaba con indiferencia a quien había ocupado su lugar en la cama. Desdeñaba el patetismo de los movimientos apresurados y las frases entrecortadas con las que los visitantes anónimos intentaban disculparse por estar con su señora. Él limitaba su convivencia con las mujeres a su manera silenciosa.

Susana se lo reprochó con el tiempo. «¡Qué no sientes nada?» entrepreguntaba histérica. A lo que Mauro respondía con una mirada de indiferencia y fastidio. Pero la bailarina no era como las mujeres que esperan su turno. Ella lo echaba a la cama siempre que tenía ganas y sin saberlo, no le consumaba el capricho de verla sudar, porque ella era de tierra cálida, de la costa húmeda y ardiente; por eso, el frío de la región no le hacía, siempre lo dijo así, «además yo retengo los líquidos», explicaba. Casi se ufanaba para ofender sin saberlo. El que sudaba era Mauro cada vez que se le montaba, porque sabía que esa hembra no se bajaría hasta que su carácter se tornara flácido, hasta que su tranquila y orgullosa erección cesara y a él se le escurriera el sudor desde adentro. Incluso llegó a lanzarle las pantaletas al pecho y gritar: «¡ahí tienes cabrón, acábatelas!», y se salía de la habitación contoneando su desnudez y riéndose.

Antes de marcharse Susana, de las pocas veces en que Mauro habló, le preguntó: «¿Por qué te acuestas con ellos?». Susana tardó un momento en contestar, se dio tiempo para decirle unas cosas con la mirada y luego respondió: «Porque ellos si sienten».

Aquella respuesta trascendió a la despedida y Mauro por primera vez en su vida hizo acopio de una mala memoria para recordar a Laura, a María, a Martha, a Flora, Lupita, Gloria, Yolanda, Carmen, Flor, Rosa, otra Lupita... a Susana no.

Llegó esa respuesta y ocupó todos los nombres que uno a uno se fueron diluyendo en su mala memoria. Porque la respuesta se convirtió en un cumplido que él nunca podría satisfacer.

© Emanuel Alvarado, COPYRIGHT 2007